En el principio fue la nada. Y en ella había sólo un minúsculo punto con el deseo de convertirse en pensamiento –con nada que pensar-. El punto comenzó a imaginar que la nada desaparecía, y se dio cuenta de que necesitaba ver, así que concentró toda su fuerza para transformarse en ojo. Luego el punto fue capaz de mirar, fue así como se hizo la luz.
El ojo, que era entonces toda la materia, puso su energía –que entonces era sólo pensamiento- a trabajar, y logró ver algo. Algo que había nacido de sí mismo, ella era azul y era transparente, y era suave y húmeda. Era como una hija suya, era su primera lágrima. La sensación de ver y de haber dado nacimiento a algo lo hizo estremecer. El sentimiento hizo más grande la lágrima y ésta cayó. El ojo la miró desolado perderse hacia el vacío, y un torrente de hermanas salio detrás de ella.
Entonces todo lo que el ojo veía era su dolor, que fue el primer dolor del universo.
No sabemos cuánto duro ese dolor, no sabemos hasta dónde llegaba, pero tiempo después, decidió hacer de lado su primera pérdida y utilizó de nuevo su imaginación para crear más hijos. Así que imaginó un jardín que creció como un apéndice del ojo. En el jardín, cuya soledad causaba más tristeza, plantó un par de seres de barro. Luego les dijo: “ustedes darán nombre a las cosas” y los seres miraron que alrededor todo estaba vacío. Entonces comenzaron a decir nombres y el mundo así comenzó a habitarse. El hombre y la mujer alegraron el jardín sembrando flores y animales, arroyos y árboles, mares y montañas. Y todo fue creciendo con la fuerza de la imaginación primera. El ojo que hizo al hombre que hizo todo el mundo para borrar la nada solitaria.
Y todo se extendió hasta que el universo se convirtió en lo que conocemos actualmente.
Cada día, el ojo alegra una parte lejana de sí mismo. Así es como se expande el universo, que en el fondo, quizás sin saberlo, busca algún día alcanzar a su primera lágrima.