Juego de té
Jala una silla, siéntate a un lado aquí.
Nunca fui niña de muñecas. Cuando tuve, les mordía los pies y les sacaba la cabeza para después tratar desesperadamente de volvérselas a poner. Es bueno aclarar que eso me sirvió para darme cuenta de que contrario a lo que muchos piensan, las Barbies no tienen la cabeza vacía. Tienen una esfera hecha de su misma piel –o sea plástico- y con el mismo color, pero la esfera no ocupa todo el espacio interior de su cabeza, se mueve dentro, sería lindo que les hubieran puesto un cascabel y así valdría más la pena quitarles la cabeza. De niña me gustaba la miel, compraba chupones rellenos de miel para luego perforarlos y tomarme la miel. De niña me gustaban, desde entonces, los árboles. Pero entonces no les tenía miedo y me sentaba en sus hombros.
Nunca fui niña de tazas de té, lo mío era más bien la repostería, porque no hay pastel de chocolate –y vaya que he visto y probado buenos pasteles de chocolate- como los que hacía de niña. Puedo decir con orgullo y gratitud a mis papás que nunca tuve micro-hornito, ni licuadora, ni batidora, ni esas casitas pequeñas de plástico, ni ningún otro juguete que me hiciera sentir como mini-ama de casa.
Pero si ahora pudiera ser niña otra vez jugaría más tiempo a la comidita y recibiría la visita de más amigos para tomarnos una taza de falso té, o agua simple, o platos sin galletas y les enseñaría otra y otra vez cómo mi perrita juega a ser mamá.
Tal vez no estaría tan mal la idea de la casita, pero eso sólo si otra vez fuera niña.

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